Kiko (y 2)

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Lugar: Lisboa, Rua de Santa Justa

 

Kiko devoraba el afecto. A veces nos divertíamos fingiendo, entre exageradas carantoñas, que teníamos un adorable bichito entre las cuencas de las manos. Comenzaba a sollozar y no se quedaba tranquilo hasta que metía el hocico entre nuestras manos y comprobaba que no había nada, o se lo comía en caso de haberlo. Cada Nochebuena, cuando todos estábamos un piso más abajo, en la casa de la abuela, él tenía que quedarse en la nuestra a oscuras. Era su penitencia tras una carrera delictiva de meadas de la que intentábamos preservar a las pertenencias de la abuela. Los llantos con los que se desgañitaba nos decían la importancia que le daba a participar en aquellas reuniones familiares. Además, tenía perfectamente localizadas a las personas que le podían dar mimo y, para él, las manos de mi abuela significaban algún dulce, mientras que mi hermana era una lluvia constante de carantoñas y comida segura servida de su propio plato. Mi madre y yo éramos quienes lo sacaban a pasear. No hubo vez que sacase la correa y no se pusiese a saltar y corretear con la ilusión del primer día en que fue consciente de que eso significaba salir un cuarto de hora a la calle, pese a que podía irse durante días a vagabundear cuando quisiera. Porque en ningún otro momento, ni en ningún otro sitio que no fuese el solar de al lado, podía compartir conmigo el circo de personajes en torno a lo de sacar al perro: por la mañana, antes del colegio, la aparición entre la niebla de la figura cadavérica de don Alfonso, el profesor de sociales, por las tardes su amigo Boby, cuyo dueño solía mentarle la madre desde el fondo de la calle; o Pipo y la mujer con voz de taberna, “majarona”, a juicio del dueño de Boby; o el pequeño y peludo que carecía de nombre y la anciana que insistía en regalármelo siempre que me la encontraba, durante todos los años.  Kiko me aguantó muchas cosas, y yo a él, por supuesto. Me pilló muy niño y muy hideputa algunas veces, pero tarde o temprano saldaba su cuenta con alguno de sus virtuosos mordiscos, que dejaban dormida la mano durante una hora. Con todo, nunca fallaba en el juego y siempre estaba dispuesto a revolcarse por la alfombra, aunque yo tuviese demasiados años para ello y él los pulmones encharcados. Los huesos de Kiko se enredan desde hace tiempo entre las raíces de un abeto y, pese a lo llovido, aún hoy se me escapa llamarlo cada vez que corto cortezas de queso.

 

08/04/2008 22:13

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Autor: jav

Pacopac ten piedad, por favor no pongas la tercera parte o lloro, en serio.

Fecha: 12/04/2008 21:30.



Autor: Pac

Ya, te pillo sensible con el tema.

Fecha: 13/04/2008 13:13.


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Autor: dolo

Fran, me has hecho llorar. De verdad. Tu relato está lleno de ternura y de sentimientos. De sensibilidad. Ahora yo también quiero un poquitín a Kiko. Muchos besos.

Fecha: 15/04/2008 12:56.


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Autor: Nineve

Mi perro murió hace ya casi 4 años, un año antes de irme de Granada. Creo que el hecho de que pasara tan poco tiempo entre ambos sucesos ha provocado que cuando vengo a Granada me lo espere el primero tras la puerta. Quizás como a tí, Fran.

Fecha: 19/04/2008 10:22.



Autor: Fran

Ay, mi Pitufo

Fecha: 20/04/2008 19:22.


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