El Refugio

Lugar: Lisboa, Rua da Rosa.
Los Niños llegaron al séptimo día, todos juntos, se habían ido esperando los unos a los otros durante todo el camino. Algunos tenían la ropa sucia o desgarrada - son esos, siempre, los percances que se tienen en el Bosque - pero sonreían. El arrebol de sus mejillas, a causa del esfuerzo, les daba aspecto saludable. Una Niña de rizos pelirrojos, con la nariz salpicada de pecas, parecía encargada de los más pequeños, que se arremolinaban a su alrededor. Cuando los trajeron ante mí, ninguno mostraba temor.
Uno a uno, se fueron acercando. Todos conocían las Palabras, a todos les fui ofreciendo un lugar en el que refugiarse. Uno de ellos, delgado, sonriente, de pelo radiante y gesto firme, fue interrumpido por la Dama, mi mano derecha, cuando empezó a recitar las Palabras. Este niño, Maestra, huele a sangre. Tiene que irse. Los demás, comenzaron a revolverse, inquietos, pero no pusieron ningún impedimento. Abrimos las puertas y el Niño se marchó sin mirar atrás.
Empty Rooms.

Lugar:Lisboa, Traversa de Cidade.
Se han marchado todos. Las habitaciones están vacías, los libros recogidos, los armarios sin ropa. No queda nadie aquí. Sin embargo, no recuerdo cuándo se fueron, sólo tengo una vaga conciencia, como un hormigueo, del deseo de marcharnos. ¿Íbamos a ir a algún sitio mejor? Imagino que sí, pero no es una certeza. Tampoco sé por qué yo me he quedado, ¿es que no quería seguirlos o me han abandonado?
En mi mente, detrás de mi desconcierto, detrás del brillo de los neones, muy atrás en el tiempo, sólo hallo el recuerdo de un invierno largo, frío, pertinaz. El invierno más frío en cientos de años.
La llama que no cesa

Lugar: Lisboa, Rua Aurea
Lo primero que valoré de Miguel Hernández es la historia del pequeño pastorcillo que, sólo leyendo, se convierte en poeta universal. Era un argumento para leer y no hacer los deberes. Al cabo de mucho tiempo, andaba buscando un poema para leer en público en una concentración de características quijotescas contra un decreto maligno. No entiendo mucho de poesía y alguien me recomendó uno llamado "Viento del Pueblo", que imprimí rápidamente y doblé en el bolsillo, poco antes de la concentración. Al leerla, creía que nada en el mundo podía pararnos hasta vencer a nuestro enemigo. Casi cincuenta años después de ser leída en unas trincheras, sentía ser el buey soñando con volver a convertirse en león. En vida, Miguel Hernández creyó ser un mediocre advenedizo aspirando a ser un gran poeta. Hoy, agradezco su rayo que no cesa a este gran poeta, pese a ser yo un mediocre y advenedizo lector de poesía. Ayer, hizo cien años que vino a dar algo de luz a este mundo de yuntas.
Amapolas en octubre.

Lugar: Poço de Cidade, Lisboa.
Poppies in October
Even the sun-clouds this morning cannot manage such skirts.
Nor the woman in the ambulance
Whose red heart blooms through her coat so astoundingly-
A gift, a love gift
Utterly unasked for
By a sky
Palely and flamily
Igniting its carbon monoxides, by eyes
Dulled to a halt under bowlers.
O my God, what am I
That these late mouths should cry open
In a forest of frost, in a dawn of cornflowers.
Sylvia Plath
[Ni siquiera las nubes solares pueden esta mañana permitirse semejantes faldas.
Ni la mujer de la ambulancia,
cuyo rojo corazón florece a través del abrigo tan asombrosamente....
Un don, un don de amor,
jamás solicitado
ni por un cielo
que pálida y llameantemente
quema sus monóxidos de carbono, ni por unos ojos
que el embotamiento detiene bajo sombreros hongos.
Dios mío, ¿qué soy yo
para que esas bocas tardías se abran a gritos
en un bosque de escarcha, en un amanecer de flores de trigal?]
Traducción: Ramón Buenaventura.
When September ends

Lugar: Lisboa, Miradouro de Santa Luzia.
Él siempre esperaba octubre con la ilusión de un niño que anhela el olor de las manzanas doradas y el manto de hojas ocres sobre el suelo. Deseaba que el mes de septiembre, ese mes de comienzos y propósitos, no existiera, que fuese sólo un soplo perdido de entretiempo, ligeras lluvias y campanas lejanas.
Mientras me hablaba de la lluvia, del olor a tierra mojada y de las castañas calientes, yo sólo pensaba en el azul limpio del cielo, en el calor brillante y amarillo del sol. Yo deseaba que octubre no comenzara, que el sol brillara siempre y que nuestra piel pidiera continuamente el alivio del agua fresca. No quería la llegada de la lluvia, ni del viento, ni de las botas y los abrigos. Habría vivido cada día junto al mar, aspirando el olor salado y escuchando el graznido de las gaviotas. Yo quería ser azul, quería ser arena y cloro y no deseaba que la hierba perdiese su verde jamás. Siempre debería ser verano...
Sombras

Lugar: Granada, calle San Gregorio.
El Rey de las Sombras vivía en el piso de al lado. Cuando era pequeña, mi madre me lo explicó, muy despacio, y a mí no me pareció en absoluto sorprendente. Todos lo sabíamos, pero, aún así, algunos días nos extrañábamos por el olor a tierra mojada que salía por su ventana incluso en los días de sol, y por las voces graves de los que lo visitaban.
Nosotros nunca pudimos hacerlo, porque no nos abría la puerta. Mi padre decía que debías tener sombras en alguna parte para poder hacerlo. No llegué a entender a qué se refería cuando decía "en alguna parte". Lo cierto y verdad es que ni siquiera llegamos a verle en persona y, sin embargo, no dudamos nunca de que vivía allí. Era imposible dudarlo.
El comienzo.

Lugar: Sevilla, Alameda de Hércules.
Hace once años que llegamos aquí. Entonces, todo nos parecía nuevo, todo nos extrañaba. Aprendimos a usar las bicicletas, a recargar la tarjeta de los autobuses y también a caminar por la orilla del río.Nos sorprendíamos con cualquier cosa: con los olores del otoño, con el calor del verano, con el ruido de los coches y la ausencia de arsénico en el aire. Nos asombrábamos porque cada mes abrían un restaurante nuevo, porque las librerías tenían varias plantas y porque los domingos la ciudad era igual de bulliciosa que los viernes.
Creíamos que la ciudad iba a ser nuestra, que los rincones se nos abrirían, que la vida ya no sería nunca la misma. Creíamos que podríamos soltar el lastre sin dejar parte de nosotros atrás. En la inocencia de los comienzos, creímos, incluso, que nos estábamos adaptando rápido.
El jardín del Olvido

Lugar: Granada, Calle Simeón.
Lo olvidé todo, incluso a tí. Olvidé lo que era caminar descalza sobre la hierba y sobre los ladrillos mojados, olvidé qué aroma tenían las rosas. Olvidé que, cuando era pequeña, deseaba ser cajera en un supermercado. Después de aquel día, nunca pude recordar que algunos lobos tienen los ojos amarillos, o que fuiste el primero al que besé. Olvidé el sabor de té recién preparado y que, para hacer un bizcocho, hay que batir primero las claras para que salga más esponjoso. Mis padres, mis hermanos, mis compañeros de colegio, hasta el que me había tirado del pelo el primer día, cayeron en el olvido. También olvidé que me gustaban las fresas con mascarpone, que una vez soñé que las libélulas tenían seis alas. Lo olvidé todo, todo, incluso el olor oxidado de la sangre.
Fairytale

Lugar:Granada, Carrera del Darro
...recuerda, además, que una vez que cruces esa puerta, desaparecerá. De ninguna manera podrás volver a salir por ella. Para que puedas orientarte, te entregaré esta brújula. Debes seguirla siempre, siempre, por absurdo que te parezca el camino que te indica. A veces tendrás la sensación de que cambias totalmente de dirección. Eso es porque no hay un solo camino para llegar, ni siquiera esta es la única puerta de entrada, sino sólo una más. Puede que, incluso, allá dentro haya otros como tú.
Desconfía de las alas blancas, de cualquiera que tenga plumas blancas. Debes evitar a las palomas, a las gaviotas, incluso a los ángeles. Sobre todo a los ángeles. No pierdas esta cajita, llévala siempre contigo. Pero no la abras a no ser... a no ser que se dirija a tí alguna criatura cuyos ojos tengan un destello dorado. Ábrela en ese momento, porque estáras ante Ella. Sólo abrir esta caja podrá salvarte la vida.
Te entregaré además un tercer regalo - siempre son tres, ¿verdad? - que te servirá para hacerte invisible en momentos de necesidad. Mírate en este espejo y desaparecerás, pero no abuses de su poder, o podrías convertirte en una sombra como las que moran cerca del agua. Sin embargo, lo más terrible a lo que vas a enfrentarte no son esas sombras, ni siquiera es Ella. Lo peor será cuando veas a James. Eso será duro, porque precisamente quieres cruzar la puerta para salvarle a él. No obstante....
Los criados del vampiro

Lugar: Florencia, via S. Niccoló
Cada Navidad, en mi infancia, recibía puntualmente mis regalos de reyes. Durante unos cuantos años, estuve plenamente convencida de que eran Melchor, Gaspar y Baltasar los que depositaban los paquetes en el sofá del salón, frente a la chimenea. Pero después, llegó la extrañeza. Descubrí, un 28 de diciembre, después de haber pasado la varicela, que eran mis padres los encargados de comprarlo todo. Ellos sabían qué juguetes tenían que adquirir porque, sencillamente, tenían mi carta con las peticiones pero, ¿y los dulces? Durante años y años, asistí con asombro a un despliegue de lacasitos, kinder, conguitos y caramelos varios. ¿Cómo podían saber mis padres qué chucherías desea comer un niño? ¿Cómo unos adultos, inmersos en el mundo de las cervezas, la carne roja y el vino tinto, podían distinguir entre la gelatina y el pica pica? Me los imagino ahora, en la tienda, sometidos al desconcierto de la aparición de gusanos de gominola y a la extrañeza del fin de los cigarrillos de chocolate. Este recuerdo me trae a la mente una película que vi hace tiempo en la que discutían sobre Drácula de Bram Stoker. El protagonista, comentaba con indignación que el conde no tenía criados. Y eso es particularmente terrible en la escena en que sirve de comer al abogado Jonathan Harker porque, ¿cómo podía recordar un vampiro, que lleva más de 400 años sin probar la comida ni la bebida, dónde comprar el pan, cómo poner la mesa?



