Se muestran los artículos pertenecientes a Junio de 2007.
03/06/2007
Luna menguante

Lugar: Granada, calle Escuela
Se acabó. Me marcho. Aquí se quedarán mi casa y mis libros. Aquí dejaré mi ordenador, mis cuadernos y mi conejito azul de peluche. Nadie irá a dar clase a mis alumnos. Me marcharé sin haber hecho los exámenes de inglés y francés. No meteré las notas en el Séneca, ni me presentaré a las evaluaciones. No iré a la comida de fin de curso. Tampoco voy a volver a Granada.
Si alguien les pregunta, digan que me fui a ladrarle a la luna.
12/06/2007
Cualquier tiempo pasado...

Lugar: Granada, San Juan de Dios
"Un inglés, un francés y un español pretenden dormir en un hotel. La primera noche, llega el inglés pidiendo la habitación más barata que haya. El recepcionista le dice que está de suerte, puesto que hay una habitación en la que alojarse cuesta sólo cien pesetas. El problema es que en esa habitación está el fantasma de las bragas rotas. El inglés, un hombre valiente, decide asumir el riesgo. Cuando llega la noche, el inglés comienza a escuchar un sonido de arrastrar cadenas y una voz que le susurra: "soy el fantasma de las bragas rotasss...". Se asusta tanto que se arroja por la ventana y, al caer al suelo, se hace tortilla.
A la noche siguiente llega el francés al mismo hotel, pidiendo también una habitación barata, y acaba alojado en la misma habitación. En mitad de la noche, se despierta a causa de un ruido desagradable y una voz que le dice: soy el fantasma de las bragas rotasss... El francés, aterrorizado, se tira por la ventana en ese mismo instante y se hace tortilla.
Al día siguiente llega el español y duerme en la misma habitación. Por la noche, lo despierta el mismo ruido de cadenas y escucha: soy el fantasma de las bragas rotasss.., a lo que el español responde: ¡toma veinte duros y cómprate otras!."
Esto prueba que muchos de los viejos chistes eran malísimos, pero el que no se haya reído de pequeño con este chiste, que tire la primera piedra.
Gracias a Abdu por recordarnos el chiste y a A. L. por la foto.
27/06/2007
Cerrado por vacaciones II

Lugar: Granada, calle Párraga.
Ya se termina el curso, ya llegó por fin el verano. Este año nos vamos de viaje a Cuba, a recorrer la isla. Y, pensando en las vacaciones, he visto esta plantilla, que menciona una de nuestras ciudades favoritas.
Todo el mundo debería tener un top three, como mínimo, de ciudades. No vale incluir la propia ciudad, que está siempre presente, de alguna forma, porque todos nuestros recuerdos se pasean por ella. En mi caso, no mencionaré, por tanto, Granada. Ni Huelva.
El tercer lugar de la lista lo ocupa Berlín. Sí, Berlín. Parece increíble enamorarse de una ciudad que desdeña de esa forma a todos sus visitantes. Pero el año pasado me fascinó. Los berlineses viven el verano en la calle, como si, por unos meses, se sintiesen mediterráneos. Cenar en Berlín es como abrir un cofre lleno de maravillas entre las que es imposible decidirse. Y, desde luego, está la arquitectura: Berlín lleva la pesada carga de ser el símbolo del siglo veinte, pero nos demuestra que también sabe mirar al siglo veintiuno.
En el segundo puesto está Madrid. Y en la lista no está Barcelona. Ni París. Lo voy avisando para que nadie se asuste. Madrid es para mí la gran fiesta de la oferta. Una ciudad en la que no sólo hay de todo, sino en la que además yo sé donde buscarlo. Nunca me canso de ir a Madrid, de visitar las exposiciones, de recorrer las calles, de probar los restaurantes nuevos. Es una ciudad auténtica, real.
Londres es la que ocupa el primer lugar entre mis ciudades favoritas. Tengo razones sentimentales muy poderosas para sentirme atada a ella: allí conocí a Fran, allí hemos vuelto después en circunstancias muy diferentes. Pero no se trata sólo de eso. Londres se habría ganado aún así su puesto. Es una ciudad especial, llena de vida, acelerada, como a mí me gustan las ciudades. Me encantan sus mercados al aire libre, donde puedes encontrar, si buscas bien, casi cualquier cosa. Uno de los pocos lugares del mundo a los que sería capaz de ir todas las semanas, sin excepción, es la Tate Modern. Hay una sala dedicada a Rothko donde cualquiera sería feliz durante horas. Además, hay algo en Londres que me fascina: que puede ser la ciudada más bulliciosa pero también la más tranquila. Me refiero a zonas como Highgate o los barrios del centro en los que las calles están plagadas de casitas blancas con porches de columnas que sostienen una pequeña cúpula. Allí, parece que la ciudad no se reconoce a sí misma.
En mi próxima vida tendré una casa encalada de blanco en Queensway y, cuando el tiempo lo permita, saldré en el crepúsculo a tomar cerveza en una botella, a la puerta de mi casa, y me sentaré en las escaleras de la entrada, como todos mis vecinos.

