Se muestran los artículos pertenecientes a Abril de 2008.

02/04/2008

Kiko (1)

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Lugar: Granada, calle Mulhacén

Kiko le debía su nombre a mi abuela. Su madre ya vivía con nosotros desde hacía bastantes años cuando alguien se dejó la puerta abierta de la casa de campo y por la noche un vagabundo hizo un alto en su camino para dejar algo de su progenie. Kiko fue el único en sobrevivir al parto. Tiempo después, habíamos de hacer todos la broma de que había ahogado con sus meadas a todos sus hermanos compañeros de útero. Y bien le valió la hazaña, porque, como hijo único, se mamó todos los nutrientes y creció fuerte y atlético. Kiko pudo haber sido un dócil perro doméstico, pero optó durante toda su vida por aceptar con saña y agrado la llamada de su sangre de hijo de perra redomado. Una mañana lluviosa nos probó a todos su paso a la adultez haciendo maravillas en un gallinero que teníamos en la misma casa de campo donde fue concebido. Pero su verdadera insignia, la que fue marca indiscutible de su égida, no estaba hecha con sangre, sino con su propia orina. No hubo hijo de Dios en nuestra casa que no se encontrase entre sus pertenencias (más o menos íntimas) ese particular olor que avisaba al afortunado que Kiko había estado allí. No se libró ni el inglés que convivió con nosotros durante una semana. Su maestría al respecto se hacía patente, sobre todo, cuando la mancha amarilla aparecía sólo en el lado de la almohada donde el pater familia apoyaba la cabeza. Claro que más de una vez tuvo que poner tierra por medio. Le bastaba una puerta abierta durante unos segundos o, si no, tampoco importaba. Nos dejó bien claro que trepar una verja de más de metro y medio y saltar al otro lado no era para él ningún secreto. Lo hacía sin ningún dolor por su parte, que sí por la nuestra, porque todas las veces que se escapó no pudimos evitar la desazón al pensar que quizás no volveríamos a verle. Pero siempre volvía. Y lo hacía como un puto rey, sin importar la infinidad de garrapatas que trajese consigo, las nuevas cicatrices o la sangre reseca. Volvía más sabio, menos virgen y más fuerte que nunca. Y todos lo acogíamos lavándolo y dándole platos de comida que devoraba como no he visto a nadie hacer nunca. Pero no nos engañemos, Kiko no se escapó muchas veces, porque, al fin y al cabo, amaba su casa por encima de todo.

02/04/2008 22:33 Autor: plantarte. Enlace permanente. Tema: I am arte Hay 6 comentarios.

08/04/2008

Kiko (y 2)

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Lugar: Lisboa, Rua de Santa Justa

 

Kiko devoraba el afecto. A veces nos divertíamos fingiendo, entre exageradas carantoñas, que teníamos un adorable bichito entre las cuencas de las manos. Comenzaba a sollozar y no se quedaba tranquilo hasta que metía el hocico entre nuestras manos y comprobaba que no había nada, o se lo comía en caso de haberlo. Cada Nochebuena, cuando todos estábamos un piso más abajo, en la casa de la abuela, él tenía que quedarse en la nuestra a oscuras. Era su penitencia tras una carrera delictiva de meadas de la que intentábamos preservar a las pertenencias de la abuela. Los llantos con los que se desgañitaba nos decían la importancia que le daba a participar en aquellas reuniones familiares. Además, tenía perfectamente localizadas a las personas que le podían dar mimo y, para él, las manos de mi abuela significaban algún dulce, mientras que mi hermana era una lluvia constante de carantoñas y comida segura servida de su propio plato. Mi madre y yo éramos quienes lo sacaban a pasear. No hubo vez que sacase la correa y no se pusiese a saltar y corretear con la ilusión del primer día en que fue consciente de que eso significaba salir un cuarto de hora a la calle, pese a que podía irse durante días a vagabundear cuando quisiera. Porque en ningún otro momento, ni en ningún otro sitio que no fuese el solar de al lado, podía compartir conmigo el circo de personajes en torno a lo de sacar al perro: por la mañana, antes del colegio, la aparición entre la niebla de la figura cadavérica de don Alfonso, el profesor de sociales, por las tardes su amigo Boby, cuyo dueño solía mentarle la madre desde el fondo de la calle; o Pipo y la mujer con voz de taberna, “majarona”, a juicio del dueño de Boby; o el pequeño y peludo que carecía de nombre y la anciana que insistía en regalármelo siempre que me la encontraba, durante todos los años.  Kiko me aguantó muchas cosas, y yo a él, por supuesto. Me pilló muy niño y muy hideputa algunas veces, pero tarde o temprano saldaba su cuenta con alguno de sus virtuosos mordiscos, que dejaban dormida la mano durante una hora. Con todo, nunca fallaba en el juego y siempre estaba dispuesto a revolcarse por la alfombra, aunque yo tuviese demasiados años para ello y él los pulmones encharcados. Los huesos de Kiko se enredan desde hace tiempo entre las raíces de un abeto y, pese a lo llovido, aún hoy se me escapa llamarlo cada vez que corto cortezas de queso.

 

08/04/2008 22:13 Autor: plantarte. Enlace permanente. Tema: I am arte Hay 5 comentarios.

20/04/2008

Al otro lado

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Lugar: Lisboa, Mirador de Santa Catalina.

Esa mañana, la niebla espesa rodeaba el monte Conquero como un cinturón. Al salir del trabajo, todavía temprano, empezó a caminar despacio y, como el que no sabe qué le espera detrás de una cortina, atravesó la niebla. En apenas cincuenta metros, estaba al otro lado. Mientras hacía el camino hacia su casa, iba pensando que, tal vez, había cruzado una frontera. Aquel lugar, que se parecía asombrosamente al sitio del que venía, era, sin embargo, diferente. Al principio, meditaba, no se daría cuenta pero, quizá un día, viendo la televisión, descubriría que los Beatles siempre habían sido tres, o que la Copa de Europa, en el año 92, la ganó la Sampdoria. Otro día, percibiría nuevas diferencias, quizá ridículas, pero que le harían sospechar más y más que no se encontraba en la misma realidad. Las libélulas, por ejemplo, tendrían seis alas y, el agua, no alcanzaría su punto de ebullición a los cien grados, sino a los noventa y cuatro. Esperanzada, se imaginaba que, de alguna manera, aquella otra realidad era un poquito mejor, que en su agenda habría nombres desaparecidos, personas que, para su alegría, no habrían estado nunca en su pasado.

Media hora después de atravesar la niebla, llegó a su casa. Abrió la puerta y entró en el salón. En la ventana, se había posado una libélula. No quiso acercarse, tenía miedo de que fuera una libélula corriente, con cuatro alas.

20/04/2008 21:02 Autor: plantarte. Enlace permanente. Tema: I am arte Hay 5 comentarios.


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